Si algo tengo que decir es que no puedes culpar a tu yo del pasado por los errores que nadie le avisó que estaba cometiendo. A pesar de haberme sentido sola y triste durante mis primeras semanas de universitaria, para mí fue fácil adaptarme al vertiginoso ritmo de la vida en Santiago. Estudiaba, pero no mucho, quedaba con mis amigos (mientras la pandemia lo permitía), los fines de semana volvía a mi casa o los pasaba de manta y peli en mi nuevo hogar y diciembre parecía a años luz de distancia.
Pero evidentemente, diciembre
llegó. Plazos de entrega que me mantenían despierta hasta la madrugada. Enero a
la vuelta de la esquina y todo el estrés que había estado aplazando justo
frente a mi amenazando con su cuchillo al filo de mi garganta.
Si las navidades en pandemia no
dejaban mucho espacio para la diversión, los horarios de trabajo que me marqué
para poder llegar a tiempo arruinaban lo poco que quedaba de mi fiesta
favorita. No me malinterpretes; navidad sigue siendo sagrada, fue el fin de año
en el que más guapa me vi (echaba de menos vestir de fiesta, aunque la fiesta
fuera una botella de licor de manzana tumbada en el sofá de mi casa) y en reyes
hicimos fila con nuestro montoncito de regalos y tazón de chocolate con churros
en mano.
A lo que quiero llegar es que,
aunque el descanso sea merecido, finales de diciembre y principios de enero
fueron un “no puedo” constante martilleando en mi cabeza, el miedo al otro lado
de la puerta y la culpa de las cosas que tendría que haber hecho. Además,
cuando te marcas horarios imposibles de cumplir, por mucho que estudies nunca
es suficiente.
Entonces, a dos días del primer
examen y ya en pisito Santiago, decidí que tenía que dejar una asignatura sin
estudiar. Yo, que nunca en mi vida había suspendido. El primer enero universitario
es difícil. Lloras, gritas, te frustras y estudias en medio de un torbellino de
emociones negativas. La autoestima en el subsuelo y los apuntes repartidos por
la mesa, honestamente ya he olvidado lo mal que lo pasé; pero sí sé que lloré
todos los días.
Los exámenes en pandemia no
ayudan, aunque por suerte yo empecé el día 11 así que acabé el juego antes de
que el partido se pusiera aún más feo. A veces no había sitio para todos y el
reloj tenía menos minutos de descuento. Seamos honestos, el peor siempre es el
primero. Una vez entras en la inercia pierdes conexión con lo que haces, flotas
de un lado a otro, estudias sin saber muy bien que haces y lloras sin sentir
las lágrimas. Puede que hasta te olvides de comer si nadie te lo recuerda.
Seguramente te sientas culpable si cierras los ojos más de la cuenta.
¿Y qué pasa después? Que puedes
respirar sin miedo a ahogarte. Que las notas ya dan un poco igual porque has
superado el peor enero de tu vida. Aunque eso no signifique que cada vez que te
llegue un mensaje al móvil microinfartes un poco. A mí me fue bien, muy bien en
realidad, estoy contenta y es más de lo que me atrevía a desear. No suspendí
ninguna y aunque había asumido una derrota, a veces la invendona funciona.
Hacedme caso, id a todos los exámenes, aunque penséis que no tenéis ni idea.
¿Pero entonces, cómo sales viva
del peor enero de tu vida? Con paciencia, mucho trabajo, buscando el amor
propio hasta debajo de las camas y sobre todas las cosas con la familia que has
ido creando desde mediados de septiembre. Con los amigos que están tan locos y
frustrados como tú, con los abrazos inesperados cuando más los necesitas, con
los paseos post examen comentando las tácticas de jugada o en silencio porque
te caes de sueño, con las pocas tardes de sol que sales a estudiar a la
ventana.
Y créeme; sobrevives, no sabes
muy bien cómo, pero tiras siempre hacia adelante. Buscas el amor en los tiempos
más oscuros y entiendes que la universidad no es un juego de niños. Aprendes
que las notas no son tan importantes si tienes una familia que te acompaña
mientras lloras en tu primer enero universitario.
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