Me siento sola y duele. Vuelvo a ser la niña nueva de tercero de la E.S.O y sus amigos están en otra clase, juegan en otra liga y se van a olvidar de ti. Asúmelo. Salvo que eso no fue lo que pasó. Pienso demasiado, por eso necesito el ruido de la gente.
Estoy sola en una biblioteca intentando no llorar. Me
gustaba Santiago, pero ahora necesito un abrazo y aquí no tengo casa en la que
refugiarme de la lluvia.
Quiero un sitio al que volver, pero no sé pedir permiso y
siempre pido perdón.
Vuelven los primeros; los que hicieron de las dos primeras
semana unas vacaciones de verano. Con los que sé que puedo contar. Comer juntos
y ahogarse de la risa. Las lágrimas escurridizas salen por motivos diferentes
esta vez. Sí tengo una familia en este hogar. Sí sé con quién me gusta trabajar
y dónde está la luz y el talento.
Vuelvo a mi piso de cuatro paredes y P. me da un abrazo al
alma. Una noche en sofá ajeno, pizzas, gente que no he visto en mi vida; pero
que saben quién soy.
P. siempre me lleva adonde voy, P. es familia de sangre;
pero la sangre calienta el corazón porque sabe leerme el ADN. Hay gente buena
en todas partes y P. tiene el talento que me falta a mí de compartir su luz por
donde pasa. La familia es adonde siempre voy a regresar.
No estoy sola, aunque a veces lo parezca. Tengo a R. al otro
lado del teléfono y ella siempre permanece. Pase lo que pase.
Aunque empieza mal el día, la risa es cura para el alma.
Es duro ser universitaria. No sólo el trabajo, los horarios,
la materia o la independencia. Es duro levantarse cada mañana y decir: “depende
de mí” Difícil empezar de cero e ir sumando unos y que parezca que nunca es
suficiente. El miedo, la incertidumbre y perderse. No tener respuestas ni
encontrar las preguntas apropiadas.
Sé a dónde puedo volver y de dónde no me quiero marchar.
Yo sola conmigo y un abrazo.
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