Siempre he querido escribir un libro. Llevo toda mi vida escribiendo historias; de pequeña escribía cuentos, cuando crecí me agarré como un clavo ardiendo a la prosa poética porque podía vomitar sin pensar todas las piezas inconexas de mi cabeza y ahora escribo poesía. Supongo que era lógico acabar en esta estación de destino porque poesía es lo que escribimos los perdidos.
Pero quiero escribir un libro, más exactamente una novela. He empezado tantas a lo largo de los tres últimos años que cualquiera diría que alguna debería funcionar y en mi cabeza sí lo hacen; pero cuando empiezo a escribir me dan miedo las teclas, el boli o lo que sea que estoy usando para llevar las ideas de mis entrañas al mundo real. Mis ideas son como mariposas que nacen como oruguitas y crecen y crecen y cuando están en su máximo esplendor; puf, se van volando. Nunca paso de las diez páginas, de repente no me parece tan buena idea y pienso que hay otras mil veces mejores. Como voy a escribir yo una novela si no hay nada importante que tenga que contar.
La última mariposa que se ha muerto entres mis manos ha sido un golpe duro porque estaba dispuesta a hablar de mí. Sin más. Como todas, la idea no era mala. En general las personas ansiamos sentirnos identificados y mi historia, la de mi vida, puede ser la historia de miles de chicas que sólo quieren encajar, escribir y vivir la experiencia universitaria al máximo. No sé si os habéis fijado en que todos los libros que tratan de chicas adolescentes, o la mayoría como mínimo, cuentan historias de amor y; aunque no voy a negar que me encanta la novela romántica, mi vida es otra cosa y me apetecía que alguien hablase de todas esas otras cosas que nos pasan a los jóvenes y que no tienen nada que ver con el amor. O por lo menos hablar de otros amores y del propio como el primero.
Hoy veía un vídeo en youtube que creo que me ha cambiado un poco la vida. Coque Macho va a publicar un libro y ha publicado su experiencia escribiéndolo. Viéndolo, no he podido dejar de pensar en que él de verdad creía en lo que hacía y que mi problema cuando me pongo a escribir algo que lleve más de cinco páginas, es que sé de antemano que no lo voy a conseguir. Por ejemplo, cuando empecé este blog tenía en mente algo similar a lo que quería hacer con mi último boceto de libro, llegar a gente que pudiera sentirse identificada y vomitar toda la mierda sin la autocensura que provoca querer ser políticamente correcta entre un montón de metáforas. Y como siempre, me rendí antes de empezar.
No me pasa cuando escribo poesía, ahí sí confío en mí y me presento a todos los concursos sintiendo que voy a ganar. Si siempre fuera como cuándo escribo poesía no sé si sería mejor persona, pero sí un poco más valiente y mucho más feliz.
Sigo pensando que este tiene que ser el verano de mi primera novela; aunque aún no sepa sobre qué voy a escribir, pero es ahora cuando tengo que empezar.
La primera vez que desarrollé una idea entera para una historia fue con seis años, escribí un cuento que se llamaba Fantasia y que hablaba de un pueblo gobernado por unos manzanos malvados que cuando sus súbditos se comían alguno de sus frutos se volvían instantáneamente malos. Al final, una niña extremadamente buena salvaba el día comiéndose una manzana. Visto ahora, supongo que puedo ver algunas connotaciones religiosas y veo a Eva y Adán en medio del paraíso. No volvería a escribir esa historia, pero me hace muy feliz recordarla a ella y a mi yo de seis años sentada en la mesa de la cocina de los abuelos con el portátil de la tía. Cuando sólo mi importaba lo que yo pensaba de mis historias.
No sé si algún día acabaré una novela, aunque sí tengo bastante claro que como mínimo tendré un poemario con mi nombre escrito entre mis manos. Esta es la diferencia entre mi yo poeta y mi yo novelista; que la primera cree en ella y que entonces le pasan cosas buenas. Si sé que, como ya he dicho, este verano lo voy a intentar de verdad; aunque no sea escribirlo, por lo menos planificarlo.
Tengo algunas cosas claras que me gustaría retomar o intentar con otro enfoque y sé con bastante seguridad que cuando escribo novela, no escribo para mí. Ese es otro de los problemas, cuando escribes algo largo, en el fondo sabes que no es sólo para ti y te vuelves mucho más crítica, igual incluso piensas demasiado.
Ser escritor es tener un punto de afán de protagonismo y eso, cuando llevas toda tu vida intentando volverte invisible, choca con todos tus esquemas. Aun así, incluso sin querer que me vean, sí quiero que la gente observe el mundo cómo yo lo entiendo, quiero que las personas que se sienten un poco perdidas entrevean entre mis palabras y digan: “yo conozco a esta tía y me parezco un poco a ella y si ella ha encontrado la valentía para hacer lo que más desea yo también puedo.”
A mí me gusta la gente que lee con el corazón porque yo leía para no estar sola y sentir que alguien me entendía, porque los personajes de los libros sí existen en las cabezas de los escritores y eso te hace sentir acompañada, comprendida y menos loca.
Este verano voy a empezar a escribir un libro. No sé de qué va a ir, como se va a llamar o cómo lo voy a hacer; pero va a pasar y lo voy a hacer desde el corazoncito y además va a ser la clase de libro que a mí me gustaría leer porque, aunque ya tiré el borrador de mi última mariposa, había escrito una sinopsis y decía algo que nunca quiero olvidar: Ya está harta de que le cuenten cuentos que no se creen ni ellos, así que va a escribir su propia historia.

Comentarios
Publicar un comentario