Eran los peores tiempos, eran los mejores tiempos. Mañana me dan las notas y eso es una puta locura. En once días cumplo dieciocho años y eso es, si cabe, aún más locura. Estamos viviendo una pandemia mundial; eso sí que es una locura. Ahora mismo no tengo muy claro que es lo que siento, pienso o digo; así que escribo. Llevo preparándome para este momento la mitad de mi vida, puede que más. Señores y señoras, tengo una confesión: No quiero, no puedo y no sé cómo hacerlo.
Despedirme no es lo mío porque siempre llego con retraso. La primera vez que siento que de verdad me despedí de algo o de alguien fue muy positivamente; veréis, de pequeña tenía una amistad extremadamente tóxica y ella se cambió de colegió cuando llegó el momento de entrar en la E.S.O. Despedirme fue un regalo, la libertad hecha emoción. Tampoco fue una despedida al uso porque yo no me fui a ninguna parte, así que si tuviera que empezar por la primera vez que sentí que estaba perdiendo algo sería cuando yo dejé el cole en el que estaba para cambiarme al instituto de enfrente. Ahí me di cuenta de que yo nunca me despido porque siempre pienso que voy a volver. Dejé el Alfonso (el cole que me vio crecer) convencida de que de mayor iba a ser profe de mates en las mismas aulas en las que yo aprendí a recitar poemas de memoria y la tabla de multiplicar. Que equivocada estaba.
Ya pasé ese luto, veo ese colegio todos los días y nunca jamás he vuelto a poner un pie en él. Creo que me da demasiado miedo y en realidad, si soy honesta, allí no fui ni la mitad de feliz de lo que he sido en la casa de la que me mudo ahora. Porque el Alfonso y el Aquis (mi actual instituto) son mis casas y siempre lo serán. Lo único de lo que siento no haberme despedido es de Pencho, Ana y Manolo; tres profes de vida. No sé si seré capaz de ir allí a cerrar heridas, pero a ellos me los llevo conmigo para siempre.
El Aquis... Sólo con pensarlo me dan ganas de llorar. Es todo; desde los bocadillos de tortilla hasta los profes, los bancos del patio, los concursos de escritura que me hicieron dar un volantazo en dirección contraria, los amigos, las risas, los llantos en el baño, el gimnasio más pequeño que vi en mi vida, el club de lectura, usos múltiples y que nunca haya una silla de zurdos libre... Todo; no hay nada en lo que piense ahora, después de cuatro años aquí, que no me haga sonreír. Es mi casa y no quiero marcharme, aunque segundo de bachillerato haya sido el peor y más raro curso de mi vida tampoco quiero despedirme de él.
Si me voy, que no me queda otra, en el Aquis se queda la niña asustada que llegó el primer día y de él se va algo parecido a una adulta en miniatura. Espero que se sientan orgullosos de mi porque yo no podría estar más orgullosa de ser Aquis.
Sigo pensando que voy a volver y alguna visita seguro que cae; pero ahora toca mudarse y que otros vivan las cosas maravillosas que ese sitio maravilloso te regala cada día. El covid me ha impedido disfrutar y sufrir a partes iguales mi último año; así que a los que vienen sólo quiero decirles que es una mierda y es el peor año del mundo, pero que no pestañeéis porque después os va a pasar como a mí y a mis amigos. Todos salimos llorando de la última clase, pensando que crecer es una putada; pero que crecer ahí y con esa gente fue un regalo del destino.
En las nuevas aventuras que se acercan espero tener, como mínimo, la mitad de suerte que tuve ahí dentro porque si algo me ha enseñado ese sitio en el que sólo puedes aprender, es que la suerte es un factor determinante; pero que tú decides que hacer con lo que ella te regala.
Yo me voy; aunque no quiero, me da miedo y desearía quedarme para siempre, sabiendo que he aprovechado al máximo la suerte que he tenido de acabar en ese sitio y con esa gente. Nuevas aventuras se intuyen en el camino; pero esta me la llevo conmigo para siempre en un sitio especial del corazón (allí donde viven las cosas bonitas que me hacen sonreír). Gracias y hasta siempre, volveremos a encontrarnos.
Ave atque vale.
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