Rosa brillaba la copa de champín, el de la botella que abrimos el día que inauguramos el piso: El primer día del resto de nuestras vidas; o al
menos eso soñábamos mientras brindábamos por un futuro tan brillante como los
vasos recién estrenados de casa de mamá.
Me gustaba mi
habitación desordenada y los periódicos de las paredes. Me gustaba la vida
universitaria, los colchones viejos en el suelo y los sacos de dormir cuando
venían los amigos. Me gustaba la canción de mi despertador y acostarme tarde,
los juernes y los bares de Santiago. Me gustaba el Airas y sus batidos de
vainilla, las cajas de pizza en el salón y sentarme en la repisa de la cocina
contigo haciendo el desayuno.
Me gustaba
pintarme los labios de rosa (color champín), mis tacones de bailar para caminar
por las calles a las cinco de la mañana con uno en cada mano, los chupitos y la
risa tonta que me sale cuando te queda mi pintalabios por tu cara.
En la habitación
del primer piso del resto de nuestras vidas queda la lámpara de vidrios de colores
de la abuela y el móvil antiguo rojo al que le cortamos la línea hace un fin de
año; eso sí, he ido quitando las hojas de periódico. Ahora las paredes son
rosas, porque siempre ha sido el color de las sonrisas y hay cajas de cartón
por todo el suelo. Apenas nos quedan fotos y el recuerdo de cuando nos
despertamos a las cinco de la mañana para ver el amanecer más bonito del mundo,
quedaba un pedazito de luna, me cayó una pestaña y soplamos un deseo. Si lo
intento aún escucho carcajadas y siento el tacto de tus manos buscando mis
hoyuelos.
Es la última
noche en este piso. Ya no queda vida universitaria, ni juernes y perdí mis
tacones hace un mes. Desde entonces he tenido el pelo azul, gris, rubio,
pelirrojo, con flequillo, sin flequillo, muy largo y extremadamente corto;
tengo un par de tatuajes que antes no estaban ahí, un pricing y cicatrices de
las de debajo de la piel.
Pero nos seguimos
levantando a las cinco de la mañana para ver el amanecer y sigues buscándome
los hoyuelos y la mayor parte del tiempo las cosquillas. Seguimos pidiendo
deseos a las pestañas, seguimos brindando con champín en los momentos
importantes y sigue siendo el primer día del resto de nuestras vidas.

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